¿Este científico fue demasiado lejos en su intento por salvar la vida silvestre de Ecuador?
From ScienceMag:
A finales de 2024, los filántropos interesados en la conservación de la vida silvestre recibieron una propuesta intrigante: donar a un nuevo fondo que daría pequeñas becas a jóvenes investigadores en busca de nuevas especies de animales tropicales, y a cambio, ayudar a nombrarlas. El Arteaga Species Discovery Fund fue creación de Alejandro Arteaga, un herpetólogo en Ecuador decidido a impulsar la conservación tropical acelerando los esfuerzos por documentar la biodiversidad. “Es poco probable que logremos salvar especies si ni siquiera sabemos que existen”, escribió Arteaga en un sitio web que promocionaba el fondo.
Involucrar a patrocinadores en el nombramiento de descubrimientos científicos no era algo nuevo; desde hace tiempo, los científicos han honrado a sus benefactores poniendo sus nombres a plantas, animales e incluso estrellas recién descritas, o permitiéndoles elegir un nombre. El propio Arteaga había bautizado nuevas especies en honor a figuras prominentes que apoyaban su trabajo, entre ellas el actor Leonardo DiCaprio y el líder islámico Shah Rahim al-Hussaini (también conocido como Aga Khan V). Pero la propuesta de financiamiento de Arteaga desató una reacción negativa entre otros herpetólogos. Algunos llevaban ya años criticando este tipo de esquemas de “paga por participar”, temiendo que incentivaran a los investigadores a dejar de lado el rigor científico con tal de publicar descubrimientos capaces de atraer atención y donaciones. Otros comenzaron a preguntarse si los posibles donantes conocían la controversial reputación de Arteaga.
Durante la última década, el carismático investigador de 34 años se ha convertido en una figura prominente de la herpetología sudamericana, conocido por publicar descripciones de decenas de nuevas especies de serpientes, lagartijas y ranas, así como algunas de las guías de herpetología más importantes de Ecuador, ilustradas con sus vívidas fotografías. Ha recibido premios prestigiosos, acaparado titulares internacionales y reunido decenas de miles de seguidores en redes sociales. Además, se ha dedicado a conseguir financiamiento para expandir áreas de conservación, incluidas las reservas ecológicas Arlequín y Pitala en Ecuador.
Pero Arteaga también ha enfrentado acusaciones de mala conducta científica, ha sido vetado de algunas de las principales colecciones y reservas de Ecuador, y se ha distanciado de profesores y colegas que alguna vez lo apoyaron. Sus detractores además sostienen que, al publicar descripciones de nuevas especies cuya validez es cuestionada, ha inflado artificialmente el número de especies, lo que potencialmente podría provocar que escasos fondos de conservación se desperdicien en organismos que apenas necesitan protección e incluso complicar los esfuerzos por desarrollar antídotos capaces de salvar vidas frente a mordeduras de serpientes venenosas.
La controversia que rodea a Arteaga ha puesto en evidencia las tensiones que atraviesan a la herpetología tropical, un campo con escaso financiamiento que atrae tanto el interés científico más riguroso como legiones de coleccionistas, fotógrafos y fanáticos de la vida silvestre. La tentación de exagerar descubrimientos y apelar al entusiasmo de los donantes puede ser abrumadora, dicen los investigadores. “Sé que es difícil conseguir financiamiento”, dice Jacobo Reyes-Velasco, biólogo de la organización mexicana de conservación Herp.mx. Pero las prácticas de Arteaga “abren una puerta muy peligrosa [porque] incentivan a la gente a describir cualquier cosa con tal de obtener recursos”.
Arteaga reconoce que ha cometido errores en su afán por describir y defender la naturaleza. Pero también sostiene que sus métodos son una respuesta necesaria al estado de la comunidad científica ecuatoriana, que él describe como estancada, rígida y dominada por el amiguismo. Además, los acusa de no estar respondiendo a una crisis ambiental y científica cada vez más urgente en una de las regiones más biodiversas del mundo. La taxonomía “está al borde de la extinción” en Sudamérica, dice, justo cuando más se necesita.
El carisma de Arteaga se vuelve evidente mientras conversa. Recientemente, en una videollamada, hablaba en voz baja y pausada mientras descansaba en el patio de su casa de madera, en lo profundo del bosque ecuatoriano. Su mirada suave y su manera serena de hablar inspiraban confianza. Pero el ambiente cambiaba cuando alguna pregunta lo incomodaba. Entonces comenzaba a medir cada frase con cuidado, como si la pusiera a prueba antes de dejarla salir de su boca.
Nacido en Venezuela, Arteaga vivió sus primeros años en Mérida, en las montañas del occidente del país, donde pasaba horas explorando los frondosos bosques nublados. Hijo de un fotógrafo y una pintora, rápidamente desarrolló su sensibilidad artística. A los 15 años, después de recibir su primera cámara, algunos conservacionistas amigos de su familia comenzaron a invitarlo a expediciones de campo para fotografiar vida silvestre. Más tarde, su familia se mudó a Ecuador, donde, a los 17 años, dejó su primera huella en la taxonomía al descubrir una nueva especie de rana. Llevó el espécimen al museo de zoología de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador, donde después ingresaría como estudiante de licenciatura.
Para entonces, dice Arteaga, ya sabía que quería convertirse en herpetólogo y taxónomo. Ya había comenzado a trabajar en la publicación de la descripción formal de la rana que encontró, a la que llamó Pristimantis bambu en honor al bosque de bambú donde vivía. Añadir un nuevo organismo al árbol de la vida, dice, le produjo una profunda satisfacción. “Es lindo poder trascender de alguna manera y darte cuenta de que dejaste una huella, aunque sea breve, pero que queda ahí”.
- Alejandro Arteaga
Las habilidades del joven investigador impresionaron a Omar Torres-Carvajal, curador de herpetología de la PUCE. “Vi en él a un estudiante talentoso, con potencial para llegar lejos”, recuerda. Pero el entusiasmo de Arteaga pronto lo llevó a cometer su primer tropiezo. Una tarde de 2011, Torres-Carvajal se enteró por personal del museo de que el estudiante había violado una regla fundamental al revisar sin autorización especímenes de la colección de herpetología, la más grande de Ecuador. Arteaga explicó que estaba reuniendo información para una guía de campo que esperaba escribir. Sin embargo, el personal consideró la falta especialmente grave porque los especímenes, muchos de ellos irremplazables, podrían dañarse o incluso perderse. Finalmente, decidieron prohibirle el acceso a la colección.
La prohibición “dolió profundamente”, recuerda Arteaga. Aún así, terminó su licenciatura en la PUCE y pudo continuar trabajando en la guía de campo tras obtener acceso a otras dos importantes colecciones de herpetología en Ecuador. En 2013 publicó The Amphibians and Reptiles of Mindo: Life in the Cloudforest. El libro, que incluye fotografías de 48 especies registradas en Ecuador, hoy es considerado un clásico dentro del campo.
Viéndolo en retrospectiva, investigadores que han trabajado con Arteaga dicen que aquel incidente en el museo anticipó dos rasgos que desde entonces han marcado su carrera: un impulso incansable por compartir su pasión por la herpetología y una tendencia a transgredir reglas científicas y normas éticas en nombre de la conservación. Ambas características han colocado repetidamente a Arteaga en el centro de la controversia.
En 2020, por ejemplo, Arteaga terminó vetado de varias reservas ecológicas en Ecuador. Seis años antes había cofundado Tropical Herping, una empresa de ecoturismo que buscaba apoyar la conservación permitiendo que entusiastas de la herpetología de distintas partes del mundo acompañaran a investigadores en expediciones de campo para fotografiar vida silvestre y buscar nuevas especies. La empresa prosperó después de que sus impactantes fotografías y descubrimientos comenzaron a aparecer en medios de alto perfil como National Geographic. Además de apoyar a un equipo de fotógrafos, organizaban expediciones por Sudamérica, así como en Madagascar y Sri Lanka.
Pero la empresa entró en conflicto con la Fundación Ecominga, una organización sin fines de lucro que administra las reservas ecológicas. En una carta enviada a Tropical Herping en diciembre de 2020, la fundación informó que prohibiría el ingreso de la empresa a sus propiedades porque su personal había entrado a reservas sin las autorizaciones requeridas y se había negado a “trabajar de manera respetuosa y cooperativa” con los guardaparques y científicos de Ecominga.
Mientras Tropical Herping lidiaba con las consecuencias de esa ruptura, la empresa quedó envuelta en una segunda controversia después de que Paul Bertner, un fotógrafo de vida silvestre que había participado en una expedición, acusara al personal de maltratar animales. En su sitio web, Bertner escribió que los herpetólogos guardaban animales recolectados en bolsas de plástico y los dejaban durante días debajo de camas de hotel. También afirmó que el grupo manipulaba a los animales de manera cruel para conseguir sus impactantes fotografías. Las acusaciones alimentaron un debate sobre si algunos entusiastas de la herpetología estaban usando “la investigación científica como excusa para poder obtener la fotografía”, dice Bertner.







Arteaga reconoce que algunos animales fueron manipulados de manera brusca y asegura que el equipo de Tropical Herping era joven y estaba intentando producir las mejores fotografías posibles. También sostiene que la controversia tuvo un efecto constructivo, pues provocó “un cambio radical” en la manera en que él y otros miembros de la comunidad herpetológica ecuatoriana fotografían especímenes silvestres, una actividad que asegura haber dejado atrás. Pero califica las acusaciones de Ecominga como “una absoluta ridiculez”. Según él, las denuncias surgieron de científicos de la junta directiva de la fundación que no querían competir con él en la carrera académica por describir nuevas especies, y las versiones fueron distorsionándose a medida que se propagaban. Algunos incluso sostenían que “yo colaboraba con traficantes de animales silvestres”, dice. “Hasta el día de hoy no entiendo cómo ni dónde nació ese rumor”.
Con el tiempo, el trabajo en Tropical Herping hizo que Arteaga se diera cuenta de que ser guía de ecoturismo “no era lo mío”, dice. “Hay que ser más paciente, más extrovertido y tener mejores habilidades sociales”. En 2023 pasó a un nuevo proyecto y fundó la organización de conservación Khamai Foundation.
Desde entonces, el perfil público de Arteaga no ha hecho más que crecer. En redes sociales, las fotografías donde aparece manipulando serpientes de colores brillantes y recorriendo bosques le han ganado una audiencia cada vez mayor. Publicó su tercer libro, una exhaustiva guía sobre los reptiles de Ecuador, además de una serie de artículos científicos describiendo algunas de las 36 nuevas especies que asegura haber descubierto. Y en 2024, el prestigioso Explorers Club de Nueva York lo incluyó en su lista de “50 personas extraordinarias que están realizando un trabajo sobresaliente para promover la ciencia”. En un ensayo publicado junto al reconocimiento, Arteaga escribió: “Encaro cada día como si fuera una misión: salvar y descubrir tantas especies como sea posible, mientras inspiro a otros a emprender un camino similar”.
La trayectoria de Arteaga ha dejado a muchos herpetólogos más inquietos que inspirados. Las dudas sobre su integridad científica persisten y varios investigadores apuntan a tres episodios recientes.
Una mañana de marzo de 2025, Arteaga entregó al Vivarium de Quito, un pequeño zoológico y centro de investigación dedicado a reptiles, frascos con especímenes de 183 lagartijas recolectadas en Ecuador. La legislación ecuatoriana exige que los investigadores cuenten con permisos de colecta y transporte para este tipo de especímenes y que los depositen en una colección reconocida. Pero María Elena Barragán, directora del vivarium y herpetóloga, comenzó a inquietarse porque la documentación que acompañaba a los ejemplares parecía incompleta. Sus preocupaciones aumentaron, dice, después de que Arteaga evitara responder con claridad preguntas sobre los permisos durante una llamada telefónica. Temiendo que los frascos se hubieran convertido en “una bomba de tiempo”, notificó el problema al Ministerio del Ambiente de Ecuador. Para su sorpresa y angustia, un funcionario le dijo que el simple hecho de almacenar los especímenes podía ponerla en problemas legales, dejándola ansiosa y atemorizada. “Estoy cayendo en depresión”, dijo a Science a finales de 2025. (El Ministerio del Ambiente no respondió a una solicitud de comentarios.)
La angustia de Barragán resultaba familiar para el personal del museo de zoología de la Universidad San Francisco de Quito (USFQ). En diciembre de 2023, dicen, dudas similares sobre permisos llevaron al museo a rechazar una solicitud de Arteaga para almacenar cinco especímenes de serpientes del género Ninia, conocidas como “serpientes cafetaleras” porque suelen encontrarse en plantaciones de café. Diego Cisneros, director del museo de la USFQ, afirma que los especímenes sin la documentación correspondiente están “fuera del marco de la legalidad” y podrían exponer a toda la institución a sanciones.
Sin embargo, apenas unos días después, Arteaga y un colega publicaron en Evolutionary Systematics un artículo anunciando el descubrimiento de una nueva especie de Ninia. El trabajo señalaba que uno de los especímenes analizados estaba depositado en la USFQ. Pero al revisar el artículo, el personal del museo descubrió que los números de identificación de los especímenes mencionados en la investigación —códigos únicos considerados esenciales en la taxonomía moderna— no coincidían con ninguna serpiente cafetalera de su colección.
Hasta el día de hoy, dice Cisneros, el supuesto espécimen nunca ha aparecido. El curador informó la discrepancia al Ministerio del Ambiente de Ecuador. El museo presentó una segunda denuncia el año pasado, cuando supo que Arteaga afirmaba haber recolectado las lagartijas que quería depositar en el Vivarium de Quito bajo un permiso otorgado en colaboración con la USFQ. Eso no podía ser cierto, escribió el personal del museo, porque la colaboración con Arteaga había terminado en 2023.
- Juan Guayasamín
- Universidad San Francisco de Quito
El tercer episodio involucra un artículo que Arteaga publicó en Evolutionary Systematics en 2024 y que recibió una amplia atención mediática. El estudio describía cinco nuevas especies de víboras de pestañas, serpientes venenosas de Centro y Sudamérica conocidas por sus colores brillantes y por las escamas sobre sus ojos que parecen pestañas. El artículo casi duplicó el número de especies conocidas de este grupo. Pero se basó en gran medida en análisis de ADN mitocondrial, una técnica que muchos investigadores consideran insuficiente para diferenciar de manera confiable especies estrechamente relacionadas. Si métodos similares se aplicaran a humanos, dice William Lamar, herpetólogo de la Universidad de Texas en Tyler, “nuestros padres y abuelos serían considerados nuevas especies de Homo sapiens”.
Las dudas sobre los métodos del artículo llevaron a Jacobo Reyes-Velasco, herpetólogo independiente, a reanalizar los datos. En octubre de 2024 publicó un estudio en Herpetozoa cuestionando las nuevas especies de Arteaga. Él y otros investigadores criticaron el trabajo por contribuir a un problema conocido como inflación taxonómica, es decir, la división de especies ya conocidas en múltiples especies nuevas cuya validez puede ser dudosa. El problema no solo contamina la literatura científica y genera desorden en los inventarios nacionales de biodiversidad, dicen los investigadores, sino que además obliga a los científicos a invertir tiempo y recursos limitados en intentar corregir el registro científico.
Las preocupaciones no son únicamente académicas, añaden los críticos. La inflación taxonómica puede provocar un desperdicio de fondos de conservación al hacer que ciertas especies parezcan raras o amenazadas cuando en realidad forman parte de poblaciones más amplias y saludables. Incluso puede tener consecuencias graves para personas mordidas por serpientes venenosas. Los médicos que atienden estos casos deben administrar antivenenos específicos para cada especie, de modo que la confusión sobre la identidad de una serpiente podría derivar en una equivocación fatal.
Dadas las implicaciones que esto puede tener en el mundo real, utilizar métodos cuestionados para identificar nuevas especies “es decepcionante”, dice David Hillis, biólogo evolutivo de la Universidad de Texas en Austin, quien ha criticado lo que considera un uso excesivo de métodos basados en ADN mitocondrial para describir nuevas especies de reptiles y anfibios. “Parece que la gente quiere llamar la atención sobre sus estudios creando nuevos nombres”.
Arteaga acepta responsabilidad por algunos de sus errores. Admite, por ejemplo, que no siguió los procedimientos correctos para numerar los especímenes al publicar el artículo sobre las serpientes cafetaleras. También concede que el estudio de ADN mitocondrial sobre las víboras de pestañas “no es perfecto, las interpretaciones no son perfectas”. Pero señala que el método es de bajo costo, lo que lo vuelve accesible para investigadores en un país con recursos limitados como Ecuador, y asegura estar satisfecho de que haya ayudado a llamar la atención sobre estas serpientes.
En el caso del Vivarium de Quito, Arteaga atribuye la disputa a un tecnicismo administrativo, aunque lamenta haber roto relaciones con Barragán, una de las pocas curadoras en Ecuador con quien aún mantenía una buena relación. También responsabiliza a herpetólogos consolidados del país por muchos de sus problemas, y asegura que quieren “neutralizar” su carrera. Se considera a sí mismo un “rebelde”, dice, enfrentado a científicos más interesados en engrosar sus currículums que en describir y salvar la biodiversidad. Según Arteaga, algunos curadores de museos con los que trabajó al inicio de su carrera le exigían agregar sus nombres como coautores en artículos sobre nuevas especies a cambio de permitirle acceso a las colecciones, incluso cuando no habían contribuido a la investigación. “Ponen excusas [para bloquear el acceso] hasta que se les ofrece coautoría”, dice.
Las tensiones entre investigadores y curadores existen desde hace tiempo en Ecuador, dicen científicos que trabajan en el país. Pero “la mayoría de los biólogos en Ecuador tienen buenas relaciones entre sí, somos profesionales”, dice el herpetólogo Juan Guayasamín, quien durante la última década fue mentor y amigo cercano de Arteaga. Pero Arteaga, dice, terminó convencido de que los curadores y colegas estaban intentando perjudicar su carrera.
Por su parte, Arteaga considera que algunos de sus problemas relacionados con permisos, como no entregar la documentación completa de ciertos especímenes, son una forma de resistencia. “Es mi manera de expresar mi desacuerdo con cómo se hacen las cosas”, dice, al sostener que esas “formalidades” burocráticas “frenan el avance de la ciencia” y complican innecesariamente los esfuerzos de conservación. Espera que su postura provoque una discusión entre herpetólogos sobre cuáles deberían ser sus verdaderas prioridades. Mientras tanto, promete que “no me voy a doblegar”, incluso si eso implica enfrentar sanciones por parte de agencias gubernamentales o instituciones académicas en Ecuador. “Si voy a ser la primera cabeza en caer… bueno”.
Y descarta las preocupaciones de que esté contribuyendo a la inflación taxonómica. “Puede sonar trivial”, dice Arteaga, pero nombrar una nueva especie “me facilita a mí y a las organizaciones de conservación conseguir recursos para protegerla”. Varias especies de ranas que ha descrito, por ejemplo, fueron posteriormente reconocidas como amenazadas por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, un paso que con frecuencia resulta clave para obtener apoyo.
Las acciones de Arteaga tampoco han caído bien entre otros investigadores. Muchos se han distanciado de él, en parte por temor a que sus controversias terminen afectando sus propias carreras. “Se está aislando”, dice Guayasamín.
Para Guayasamín, quien fue mentor de Arteaga durante años después de que fuera vetado de la PUCE y trabajó con él en Tropical Herping, la controversia de las serpientes cafetaleras en 2023 marcó un punto de quiebre. Guayasamín dice que comenzó a preocuparse por el comportamiento de Arteaga mientras colaboraban en una guía de campo de las Islas Galápagos publicada en 2019. En ese entonces atribuyó los problemas al entusiasmo juvenil y la inexperiencia. Pero el episodio de las Ninia lo hizo replantearse todo y finalmente romper relaciones con él. “Me di cuenta demasiado tarde de hasta dónde era capaz de llegar”, dice Guayasamín. “Alejandro no entiende que hacer ciencia implica seguir las reglas básicas del juego. Es como si viviera en una realidad paralela”.
Arteaga tenía ya pocos defensores a finales de 2024, cuando presentó su plan para subastar los derechos de nombramiento de nuevas especies con el fin de financiar el Arteaga’s Species Discovery Fund. El fondo, lanzado junto a Rosalía Arteaga, expresidenta de Ecuador y además tía abuela de Arteaga, busca recaudar 10 millones de dólares para apoyar a 100 taxónomos menores de 35 años. Los investigadores recibirán becas de entre 2.000 y 10.000 dólares para ayudarlos a descubrir nuevas especies alrededor del mundo.
Arteaga señala que otras organizaciones en Ecuador, incluida Ecominga, también se han beneficiado de campañas de recaudación similares. Sin embargo, otros investigadores tenían profundas reservas. Lamar, por ejemplo, sostiene que, aunque conseguir financiamiento para la taxonomía es un problema real, “llenar de homenajes cuestionablemente justificados a ricos y famosos no es una manera inteligente de combatirlo”.
Esas objeciones terminaron convenciendo a Arteaga de abandonar la idea. “La comunidad taxonómica latinoamericana no está lista para esta idea”, dice. En su lugar, el sitio web ahora promete que los donantes serán reconocidos en cualquier publicación científica, comunicado de prensa o documental que resulte del proyecto y que incluso podrían tener una especie nombrada en su honor “a discreción exclusiva de los autores”.
Aun así, considera que haber dado marcha atrás fue una oportunidad perdida. El financiamiento para la taxonomía y la conservación en Ecuador “es un chiste”, dice, y las subastas de nombres podrían ayudar a llenar ese vacío. “Es eso”, afirma, “o la especie no se describe y no se salva”.
Sin embargo, algunos de sus antiguos colegas ven ese tipo de predicciones fatalistas como algo conveniente para sus propios intereses y, además, contraproducente. La investigación avanza a través de la colaboración y “la ciencia y la conservación siempre van de la mano”, dice Guayasamín. Pero “si una pierde credibilidad, toda la estructura se derrumba”.

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